No partimos de un sector ni de una herramienta favorita. Cada servicio va tan lejos como el problema lo justifique — ni un paso más.
Antes de automatizar nada, entendemos qué está pasando de verdad. No el proceso que está en el manual, sino el que ejecuta el equipo cada día, con sus atajos y sus excepciones.
Hablamos con quien ejecuta el proceso, no solo con quien lo gestiona.
Seguimos el proceso en marcha, con sus atajos y excepciones reales.
Ponemos números al tiempo perdido y al coste de cada paso.
Un mapa del proceso, los cuellos de botella y una recomendación clara sobre qué tocar primero.
Convertimos las tareas repetitivas que ya habéis identificado en flujos que el equipo no vuelve a tocar a mano, con control de errores y sin dejar una caja negra que solo entendemos nosotros.
A partir del diagnóstico, definimos qué pasos se automatizan y cuáles quedan en manos de una persona.
Conectamos los sistemas, con manejo de excepciones desde el primer día.
Antes de pasar a producción, probamos con los casos límite de vuestro propio proceso.
Entregamos documentación clara y formamos a quien va a operar y mantener el flujo.
La IA no se aplica porque toca. Acotamos un problema concreto, definimos cómo sabremos si funciona, y solo entonces construimos — con revisión humana donde el error tiene coste.
Elegimos un problema concreto y medible, no una ambición general.
Acordamos qué significa que funcione, y qué pasa si no lo hace.
Desarrollamos con vuestros datos reales, no con ejemplos genéricos.
Sale a producción con revisión humana en los casos de mayor impacto, y se retira si no cumple la métrica.
Una primera conversación, sin compromiso, para ver si encajamos.